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Lawrence J. Cohen, PhD Brookline, Massachusetes, Estados Unidos

Información perteneciente a la revista NUEVO COMIENZO, Vol. 15 Numero 4 Año 2003

En Cómo son las cosas naturales de Maurice Sendak, la madre manda a Max a la cama sin cenar por “hacer diabluras”. Max se imagina su habitación como la tierra de la fantasía con seres salvajes que lo hacen su rey. Después de un rato, Max se siente solo y quiere regresar al lugar donde “alguien lo quiere más que a nadie”. Navegando de regreso a casa se encuentra de nuevo en su cuarto donde una cena calientita lo espera, seña de que su comportamiento está perdonado y la relación con su madre está de nuevo establecida. Esta historia muestra que padres e hijos se mueven de forma parecida por el círculo de las conexiones humanas: el hijo viola las normas de los padres, es castigado, luego usa su fantasía para expresar sus sentimientos, pero confiado en que podrá regresar a los amorosos brazos de su madre. En Cómo son las cosas naturales no es evidente la reunión de Max con su madre; solo sabemos de la comida calientita e imaginamos el resto. Eso está bien para un libro infantil, pero los adultos necesitan un poco más de explicaciones concretas en este complicado asunto de conectar y volver a conectar.

Conexión, desconexión y reconexión

El drama de la conexión, la desconexión y la reconexión se repite constantemente a través de la infancia y la niñez. Los primeros nueve meses estamos directamente conectados a nuestra madre, compartiendo su sangre y oxígeno. Después tenemos que superar esa cálida conexión porque iniciamos una vida independiente. Tan pronto como llegamos al aire frío y la luz brilla, inmediatamente tratamos de volver a conectarnos con nuestra madre en busca de su piel tibia y de comida. Después volvemos a mirar alrededor, curioseando qué más hay en el mundo.

La conexión es fácil de reconocer pero difícil de definir, tal vez porque la experimentamos de muy diferentes formas y en momentos distintos de nuestras vidas. Entre los niños y sus figuras primarias de apego, este vínculo es llamado con frecuencia mirada de amor (Sutton-Smith y Sutton-Smith, 1974) que consiste en el mirar profundo en los ojos del otro, con un fluir libre de emociones, con un profundo sentimiento de pertenencia aquí y con el otro, casi fundiéndose en un solo ser. A lo largo de la niñez, la adolescencia y la adultez estamos permanentemente conectando, desconectando y volviendo a conectar con padres, hermanos, amigos y esposos. Más adelante seguimos el mismo patrón con nuestros propios hijos. En el intermedio está la famosa etapa de “déjame solo pero primero llévame a la casa de mi amigo”.

Si todo sale bien, la mirada de amor entre padres e hijos es reemplazada por una feliz y sólida conexión. Usted y su hijo pueden hablar, jugar o estar juntos con facilidad, disfrutándose, relativamente sintonizados. Estos pueden ser momentos tranquilos, como antes de ir a dormir o momentos de juego activo. El siguiente nivel involucra una conexión más casual; un vínculo no hablado que puede ser notado solamente cuando se ha ido, reemplazado por el conflicto o la distancia.

En el extremo están los más alienantes tipos de desconexión. Ésta puede ser una pesadilla de doloroso aislamiento, pérdidas y flagelos. Hasta los niños sanos y normales tienen momentos en que pierden ese hilo de conexión. Se repliegan a torres de aislamiento cuando se sientes solos, asustados o abrumados. Pocas veces sabemos cómo se sienten desconectados porque rara vez nos lo dicen. Si les preguntamos por qué están pegados a una pared, ellos no dicen, “porque me siento solo”.

Cuando todo marcha bien, el tiempo de juego es para divertirse juntos. En otras ocasiones es un intento por sacar de su aislamiento al niño. El juego es también la forma natural de recuperarse de sus emociones diarias, de manera que entre más espontáneo se vuelva su lenguaje, mejor los podremos ayudar a completar el circulo de la reconexión. Y la reconexión puede ser tan simple como una mirada profunda entre los dos después de una escena de lágrimas, un abrazo después de un largo día de colegio o un apretón de manos para sellar el trato de una nueva hora de acostada. La reconexión requiere malabarismos y volteretas, tirarse al piso a la altura del niño o invertir tiempo haciendo lo que a él más le gusta. En ocasiones es posible que se necesite terapia de familia o terapia de juego si los obstáculos para volver a conectar la familia son muy grandes.

Apego y el camino a la reconexión

Para ayudar a entender el apego me gusta usar la metáfora de llenar y volver a llenar la taza. El cuidador primario es el depósito del niño, un lugar del cual partir y al cual regresar en medio de sus exploraciones del mundo. La necesidad de apego del bebé con sus padres es como una taza que se desocupa, lo cual demuestra cuando está con hambre, cansado, solo o con dolor. La taza se llena de nuevo cuando recibe amor, comida, calor y caricias. Además de comida, cariño y contacto físico amoroso, la llenada de la taza por parte del padre o cuidador incluye calmarlo cuando está incómodo, jugar y conversar cuando está feliz.

Imitar es un juego sencillo en el cual la taza se llena cuando el bebé ve su expresión, sus sonrisas, ruidos y sentimientos reflejados en otro rostro. A medida que él crece su exploración es más amplia; aquellos cuyas tazas han sido llenadas siempre manifiestan un fuerte sentimiento de seguridad, están apegados con seguridad.

Por otra parte, los niños que no están apegados con seguridad tienden a ser ansiosos, “pegajosos” o retraídos. Tal vez no se sienten seguros ni con las personas más cercanas o son incapaces de aventurarse lejos en forma confiada. Pueden parecer aventurados, pero los niños con apego no seguro son, con más probabilidad, atolondrados e indiferentes que aventureros. Su taza permanece vacía o casi vacía.

En el intervalo entre los viajes de regreso para llenar la taza, los niños con apego seguro pueden manejar sus emociones, poner atención, tener buenas relaciones con sus compañeros y sentirse bien consigo mismos y con el mundo. Los padres a veces se sienten confundidos cuando su niño que ya gatea estalla en lágrimas cuando llegan a recogerlo y la persona que los cuida de día dice “Estuvo bien todo el día, no sé por qué está llorando”. Este comportamiento es un signo de un apego bien afianzado. Cuando están con extraños o personas que los cuidan, los niños con un apego bien afianzado suelen “guardar” sus malos sentimientos para el momento en que se reúnen con sus padres o la figura principal de apego.

El niño cuya taza se rebosa con afecto, seguridad y atención es verdaderamente afortunado. Momentos de mal genio pueden hacer que se derrame, un día largo puede hacer que la taza casi se desocupe, pero su madre siempre está allí para llenarla de nuevo. A medida que el niño crece, la persona que lo cuida también puede llenar la taza. De hecho, los niños con un buen apego pueden llenar su taza con las amistades, al divertirse o al aprender algo nuevo e interesante en el colegio.

Por supuesto que nadie supera la infancia con una historia de apego perfecta. Todos tenemos momentos de frustración y necesidades no satisfechas. A veces nos preguntamos de dónde provendrá nuestro siguiente abastecimiento. Nuestras tazas pueden estar vacías o casi vacías demasiado tiempo y no estamos seguros cómo lograremos llenarlas de nuevo. Encuentro muy útil mirar el comportamiento de los niños en términos de cómo manejar sus tazas, especialmente cuando se aproxima su vaciado. Cuando los niños están pegados contra las paredes, pienso en ellos como corriendo en redondo tratando desesperadamente de conseguir volver a llenar su taza. Y en cambio terminan desperdiciando lo poco que les queda. Otros chicos demandan un constante llenado acudiendo a los adultos para los asuntos más triviales. Si sus tazas no están completamente llenas, entran en pánico.

Ocasionalmente, hay niños con una necesidad clara de llenar la taza pero no son capaces de lograrlo. Parecen tapar la taza para no perder lo que queda adentro y no logran reponer el contenido muy fácil. La falta de confianza en el proceso de relleno hace que lleguen a rechazar un abrazo o negarse a ir a la cama o sentarse a comer. Otros no son capaces de sentarse siquiera para nutrir su taza; estar cerca de lo vacío hace que se sientan ansiosos lo cual hace que volver a llenarla sea más difícil aún. Una situación que molesta a los adultos es cuando los niños hurtan (por la fuerza o con mañas) el contenido de la taza de otras personas. Ellos pueden hacer esto robando las pertenencias de otros niños, pegando, mangoneando a un niño menos fuerte para dejarlo tener el primer turno con el mejor juguete... He visto niños con más carácter presionando a otros con menos poder en tratos injustos en cartas y creo que es una versión primitiva de acumulación de abundancia. Ser castigados puede ser una forma de conseguir un poquito de relleno para la taza cuando hacerlo de manera positiva es imposible. Creo que esto corrobora el dicho de que es mejor la mala atención que ninguna atención. Un relleno indebido es mejor que nada. Desafortunadamente, la respuesta usual que ignora a estos niños, hace que ellos se desesperen más buscando volver a llenar su taza.

Los niños que parecen tener tazas que gotean son molestos para los adultos, especialmente los profesores que tienen a la vez 20 ó 30 niños más para atender. Entre más se arrullan, más se aferran a usted; entre más se les da, más parecen necesitar. Nunca logran llenar su taza, la cual además no puede contener todo lo que obtienen y guardarlo para más tarde.

La metáfora de la taza que gotea también ayuda a explicar el comportamiento de los niños que tratan de pegar cuando usted intenta abrazarlos. Igual que nadadores que se ahogan pero golpean al salvavidas, están tan desorientados al sentirse con la taza vacía que reaccionan agresivamente cuando usted intenta ayudarles a completar su contenido. Por otra parte, los niños con un apego bien afianzado parece que siempre tuvieran la taza llena. Saben cómo volver a llenarla, a veces simplemente preguntando “¿Puedo coger una manzana?” o “¿Me das un abrazo?” Estos niños tienden a compartir libremente el contenido de sus propias tazas en lugar de competir por cada gota. Cuidan a los niños más pequeños y se preocupan por sus amigos.

Para los niños y su madre, el apego (el llenado inicial de la taza) se crea con el íntimo momento en que ambos navegan en los ojos del otro, al acunar, mecer para dormir y balancear en las rodillas. El apego también incluye explorar el mundo, primero mirando alrededor, después con manos y rodillas, después caminando, o en bicicleta, o en carro. La mayor parte de su exploración tiene lugar mientras juega. Una rodilla pelada o un altercado con otro niño pueden devolver a esta personita a la seguridad de sus padres o su maestra, y si suele tener su copa llena puede regresar al juego, a menudo con renovada energía y entusiasmo. Si quien lo cuida no está disponible o su propio depósito está vacío (o avaramente guardado), estos chicos no obtendrán el abastecimiento necesario. Entonces pueden no sentirse seguros para jugar. O enterrar muy profundamente esos sentimientos de inseguridad para explotar desordenada o agresivamente, volviéndose el terror del vecindario.

A través de los inconvenientes diarios y de las frustraciones de la vida, así como al vivir enfermedades serias, traumas y pérdidas, las tazas de los chiquitines quedan agotadas. Sus tazas se desocupan más rápido cuando les gritan, los golpean, son rechazados o castigados rudamente. Los chicos cuentan con nosotros para su abastecimiento emocional y se sienten heridos y traicionados cuando golpeamos sus tazas en lugar de llenarlas. Esta traición es todavía peor cuando un adulto agrieta la taza de un niño a través del abuso o el descuido. Una taza con profundas grietas es difícil de volver a llenar. Es posible que este niño requiera de una “reparación” completa, de un esfuerzo concertado entre los padres y/o una buena terapia. Los chicos cuya taza no puede mantener su contenido están tan acostumbrados a tenerla vacía que ellos mismos parecen vacíos: se nota en la mirada dura de “no hay nadie en casa” que señala que tal vez están profundamente deprimidos o agresivos. Aún el niño más querido y bien cuidado, sin mayores pérdidas o traumas, cuya taza está en buena forma, parece tener infinita necesidad de amor. Su taza puede estar intacta, pero necesita abastecimiento constante. Por eso, la cosa más importante que tenemos para ofrecer a nuestros hijos es nuestra habilidad para hacerlos sentir amados, respetados, deseados y bienvenidos.

Llenar y volver a llenar la taza de nuestros hijos es la base de una profunda y bien amada conexión padres-hijos. No es algo que sucede de una, sino una y otra vez, en incontables interacciones pequeñas que se suceden a lo largo de muchos años. Estoy de acuerdo con Stanley Greenspan cuando dice que el apego no es solo estar bien conectado, es tener un gran éxtasis por estar vivo y poder interactuar con otros seres humanos (Greenspan, 1997). De manera que un verdadero abastecimiento ocurre solamente entre humanos, no entre un niño y la televisión o el computador, sin importar qué tan “interactivo” sea el aparato. Muchos años de estudios han mostrado que la clave para el apego seguro es la habilidad para responder, es decir, la respuesta sensible a las necesidades del niño por parte de quien lo cuida. Las pantallas de vídeo pueden ofrecer muchas cosas útiles: entretenimiento, información y hasta distracción para el estrés. Pero no pueden hacer muecas, dar abrazos o proporcionar un profundo sentido de seguridad.

Jugando para la conexión

Investigaciones realizadas con primates muestran que nuestro más cercano pariente biológico juega por las mismas razones que lo hacemos nosotros. Ciertos chimpancés, por ejemplo, se hacen cosquillas y se persiguen, se molestan y parece que juegan algo parecido a la “gallina ciega”. Aún más significativo, igual que los humanos, juegan a volver a conectar después de que la conexión ha sido cortada. Algunos sicólogos creen que tantas expresiones de afecto vienen del mensaje, “Puedo lastimarte, pero no lo hago”. Besar significaría, “Podría morderte pero no lo hago”; acariciar, “Podría estar pegándote pero no lo hago”, ondear y dar la mano significarían, “Mira, estoy desarmado”. En otras palabras, jugar a la agresión es una manera real de volver a conectar y mostrar afecto.

Para niños muy pequeños, la imitación es un juego perfecto de conexión. Mi forma favorita de obtener una sonrisa de un bebé serio es repetir exactamente su expresión seria. Alguna vez, un pequeño sacudía su pierna sentado en el cochecito. Empecé a sacudir mi pierna de la misma manera y se carcajeó. Reinició su movimiento más rápido y yo lo seguí más rápido. Hubo risas. Después, cada vez que me veía, sacudía su piernita llamando mi atención.

Los niños mayores también disfrutan con este juego sin que se sientan aburridos. La imitación puede crear un divertido momento de cercanía o una conexión profundamente sentida.

La imitación no tiene que suspenderse cuando los chicos crecen. Con frecuencia trato de caminar como los chicos más grandes como una forma de conectarme con ellos y también para ponerme en sus zapatos, especialmente si no hablan mucho. Es importante que el chico no se sienta ridiculizado; la mayoría de las veces se divierten y hasta se sienten orgullosos.

Hasta los conceptos abstractos son aprendidos por los bebés a través del juego y las relaciones cercanas. Hay un juego en el cual el bebé hace gárgaras, los padres lo imitan, el bebé continúa y todos ríen.

El más elemental es esconderse o taparse la cara; no solo construye cercanía de una forma dramática (ahora me ves, ahora no me ves). Reconstruye el delicado balance de la conexión y su pérdida, de la presencia y la ausencia.. “¿Dónde está el bebé? ¿A dónde se fue el bebé?” y el bebé siempre se sorprende. Igual le sucede al niño de seis años que mantiene el juego de esconder el diente bajo la almohada para que sus padres hagan un intercambio.

En el juego de las escondidas, él pierde simbólicamente la conexión y muy rápidamente la retoma. Allí está la esencia del romance entre la conexión, la no conexión y el volver a conectarse.

El final de las miradas tiernas y felices

Imitar, arrullar, hablar y cantar a los bebés mostrándoles poco a poco el mundo, es el prototipo de los juegos, los antecesores de todos los momentos divertidos que padres e hijos pueden disfrutar juntos. Felizmente, los bebés pueden hacernos sonreír solo con estar allí. Como dice el sicólogo John Briere, “los bebés emiten ternura para que los adultos los consientan”. De hecho, los bebés que no se conectan en esta etapa, generalmente son diagnosticados como autistas o con otros desorden relacionado.

Tristemente, cuando un chico mayor no se conecta, a menudo pasa desapercibido. Por alguna razón, después de la etapa de apego inicial, la distancia y malentendidos se instalan. Los adultos rara vez juegan con niños mayores con tanta libertad y comodidad como lo hicieron en esa etapa temprana en que se tapaban la cara para esconderse. No muchos padres han experimentado esa profunda felicidad que se experimenta al mirarse intensa y cariñosamente con su niño mayor de dos años.. No muchos saben que es posible recuperarlo. Es como si realmente no esperáramos que esa profunda conexión dure. Cuando aliento a los padres a intentar ese contacto visual intenso con sus hijos mayores de tres años, se sienten escépticos, pero si persisten a pesar del rechazo inicial para alcanzar ese profundo contacto, dicen que es uno de los ejercicios más enriquecedores.

Afortunadamente, cuando la desconexión no es severa los niños nos dan muchas oportunidades para re establecerla. El problema es que a menudo mal interpretamos esas invitaciones. Me avergüenzo al recordar todas las oportunidades en que alejé a mi hija cuando quería que la arrullara, porque yo estaba ocupado o yo creía que ella debía hacer sus tareas y me sentía molesto por su demanda de atención. En otras oportunidades yo le preguntaba cómo le había ido en el colegio y era como halando un diente. Si yo no me conectaba en sus términos, por qué lo haría ella en los míos?

Algunas veces el adulto y el niño descubren la conexión juntos, por ensayo y error. Mi sobrino de nueve años no habla mucho, especialmente de lo que piensa o lo que le molesta. Siempre trataba de halagarlo en la conversación, rogar, suplicar o hacer bromas con él sobre esos temas. Era divertido pero él no decía mucho. Es alguna oportunidad, en unas vacaciones simplemente me senté a su lado. Era muy temprano y estábamos solos. Extendí mis brazos y se sentó en mis piernas. Ninguno dijo nada por más de media hora. Usualmente odio los silencios largos lo mismo que sentarme a “no hacer nada”, pero esto no era aburrido. Estábamos realmente cerca. Cuando alguien más bajó a desayunar, le dije “Qué conversación más agradable!”. Ambos nos reímos y yo lo decía en serio. Sin presión para comunicarme a mi manera, usando palabras, pudimos conectarnos divino. Condensado de New Beginnings de diciembre de 2002, publicación de La Leche League International. Lawrence J. Cohen es sicólogo especializado en juego infantil y terapia con juego. El artículo se basa en el libro Playful Parenting de Lawrence Cohen, de Ballantine Books que se consigue a través de la Liga de La Leche en Chicago, Estados Unidos.

Referencias

- Bowlby, J.A. Secure Base. New York: Basic Books, 1990.

- Greenspan, S. The growth of mind. Massachusetts: Addison-Weasly, 1997.

- Greenspan, S and Simons, R. The child with special needs. Massachusetts: Perseus Books, 1998.

- Lieberman, A. The Emotional Life of the Toddler. New York: Free Press, 1993.

- Sutton-Smith, B and Sutton-Smith, S. How to play with your Child. New York: Hawthorne Press, 1974.

Ultima modificación realizada el 12 de febrero de 2008 por mmm
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